Cuando viviamos en Pompeya, y estabamos solos los dos en esa casa tan grande. ¿Te acordás? Tantas habitaciones, y nosotros solos ante tanta llanura edilicia. Y a pesar de estar tan lejos, nos buscabamos.
Cada tanto iba a ver donde estabas, a ver si te escapabas por algún lugar. Y subia a la terraza, y te encontraba con otros gatos. Sentados, en silencio como en una reunión de amigos.
O también en el baño, cuando me duchaba. Siempre aparecias, con esa curiosidad o ganas de hacer compañia, o simplemente no estar solo.
A veces tomaba baños de inmersión, y también aparecias. Como esa vez que empezaste a cambiar por el borde, y te resbalaste y con pánico metiste cada una de tus garritas en mi espalda.
Pero siempre, las casas cambiaban y vos, asomandote al baño como un ritual. Mirando, en guardia, sentadito en la puerta tratando de entender por qué la locura de mojarse. Algo seguramente inconcebible para vos. A veces pienso, ¿quizás querias asegurarte que no me pasara nada?